Existen tantas variables en el mercado energético que hacer previsiones es cosa de idiotas. Pero, si los detalles exhaustivos
son un indicador de credibilidad, pocas fuentes igualan al Panorama Energético Mundial de la Agencia Internacional de la Energía
(AIE), publicado el martes.
Coincidiendo con la primera vez desde 1981 en que ha descendido el consumo global de energía, el informe de 2009 no se muestra
complaciente respecto del suministro energético futuro y a los retos medioambientales. Sin embargo, al igual que muchas previsiones,
comete el error de extrapolar las tendencias recientes con demasiada libertad. Por ejemplo, la AIE espera que la producción
global de petróleo aumente desde los 85 millones de barriles el año pasado a 105 millones en 2030, al tiempo que reconoce
que dos tercios de esta cifra procederán de yacimientos que aún están por descubrir o explotar. ¿Pero a qué costo?
Sólo en la última década, el gasto en exploración casi se triplicó para mantener un ritmo similar de crecimiento de la oferta.
Dejando a un lado los argumentos que exponen que las previsiones de la AIE rozan el límite de lo factible desde el punto de
vista geológico, cada vez resulta más caro encontrar petróleo y, una vez que se ha extraído, es más codiciado.
La AIE prevé que para que todo esto sea posible, su precio real tendrá que alcanzar los US$ 87 el barril en 2015 y los US$
115 el barril en 2030. ¿Y qué hay de la posibilidad de que la oferta disminuya provocando una subida aún mayor? La idea de
que el crudo alcance los US$ 300 no es más descabellada ahora que la sugerencia hace una década de que US$ 80 sería la cifra
normal. Los beneficios de conservar petróleo podrían superar pronto los perforar para extraerlo.
Así como los observadores no fueron capaces de apreciar la reacción del mercado a los precios bajos hace una década, podrían
estar subestimando ahora cómo se reaccionará en el futuro ante un petróleo cada vez más caro.
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