Por Marcelo Tokman R., Ministro de Energia.
Luego de meses de declaraciones y múltiples conversaciones entre los actores mundiales, finalmente ha llegado el momento de
realizar un debate serio en la Cumbre del Clima 2009, en Copenhague.
En palabras del Premio Nobel Rajendra Pachauri: hoy es urgente y esencial que el mundo se movilice ante el cambio climático.
De hecho, ya no puede haber debates acerca de la necesidad de actuar, (pues) el cambio climático es una realidad inequívoca
y más allá de cualquier duda científica.
El mundo espera que en Copenhague se realice un trabajo que permita alcanzar un nuevo acuerdo que complemente al Protocolo
de Kyoto y su enmienda futura, cubriendo todas las emisiones mundiales. Es vital que esta cumbre internacional sirva para
generar un claro plan de acción y no quede sólo en discursos de buenas intenciones.
Llegó la hora de enfrentar el cambio climático y poner atajo al calentamiento global de una manera colectiva, con metas claras
y responsabilidades acordes al nivel de desarrollo de los países.
La Agencia Internacional de Energía (AIE) proyecta que, si el mundo sigue su actual trayectoria, las emisiones de CO2 aumentarán
a 40,3 Gt en 2030. Lo anterior se traduce en que tendremos una concentración de 1.000 ppm de CO2 equivalente y un incremento
catastrófico de la temperatura mundial en 6º C. El escenario razonable y alcanzable, según la AIE, es uno con 450 ppm de CO2
equivalente y un alza de la temperatura de no más de 2º C. Para ello, debe existir un esfuerzo mancomunado que logre una reducción
de emisiones de 34% respecto de la tendencia actual. Ello sería posible mediante esfuerzos adicionales en eficiencia energética,
energías renovables, energía nuclear, la captura y secuestro de carbón y los biocombustibles.
Aunque los países en vías de desarrollo como el nuestro hagan un importante esfuerzo por contar con matrices más limpias y
eficientes, lo imprescindible es que los países que generan la mayor cantidad de emisiones se hagan cargo del impacto que
están generando en el medioambiente.
Estando ad portas de esta cita mundial, y Chile no puede quedar ausente de ese esfuerzo, tanto por razones éticas como estratégicas.
Estamos obligados a prestar atención al cambio climático. No podemos beneficiarnos sólo de lo positivo de la globalización,
sino que también debemos contribuir a la solución de los problemas globales.
Obviamente, cada país deberá asumir una responsabilidad diferenciada. Chile contribuye con el 0,3% del total de las emisiones
mundiales. Esto se debe a que somos un país pequeño. En todo caso, aun si corregimos por población, nuestras emisiones per
cápita son más bajas que el promedio del mundo y que el de los países de la OCDE. Esto se debe a que tenemos una matriz energética
más limpia y porque consumimos poca energía.
Hemos sido testigos de la determinación de varias naciones por instaurar unilateralmente la obligación de la huella de carbono.
La estructura de nuestras exportaciones, intensivas en el uso de la energía, y la distancia de nuestros mercados de destino
nos dejan vulnerables a posibles restricciones asociadas a la huella de carbón. Chile debe sumarse a los esfuerzos mundiales
de mitigación de gases, no sólo para preservar el planeta, sino porque nuestra economía lo requiere para seguir creciendo.
Es aquí donde la energía juega un papel clave. Si queremos seguir progresando, Chile requiere implementar acciones concretas
que aseguren niveles de emisiones adecuados en el mediano y largo plazo.
Esto no es una tarea sencilla, como lo muestra el siguiente ejemplo. El solo hecho de aumentar nuestro nivel de desarrollo
al promedio de la OCDE, manteniendo nuestros niveles de eficiencia energética (que son mayores al promedio mundial y al de
los países OCDE) y la limpieza de nuestra matriz (con emisiones por unidad de energía menores que el mundo y los países ricos),
resultaría en un aumento de nuestras emisiones/cápita en 2,4 veces. El desafío ambiental que enfrentamos, si queremos cerrar
la brecha de ingreso respecto a los países más desarrollados, es enorme.
Durante los últimos años en el sector energético se han sentado las bases para quebrar la tendencia en el crecimiento de las
emisiones de Chile. Se ha impulsado decididamente la eficiencia energética, replicando las mejores prácticas internacionales.
Y además hemos promovido activamente las energías renovables no convencionales (ERNC) a través de cambios legales y regulatorios,
nuevos subsidios, incentivos tributarios y apoyando la investigación y el desarrollo de nuevas fuentes limpias, entre otras.
Hemos avanzado mucho y lo seguiremos haciendo. La eficiencia energética se ha convertido en un pilar de nuestra matriz, logrando
finalmente el tan ansiado desacople de la demanda energética del crecimiento económico. Hoy, por cada unidad de producto se
requiere un 15% menos de energía que en 1999. Además, las ERNC han comenzado a marcar fuertemente su presencia, duplicando
en tan solo 4 años su capacidad instalada. Esta tendencia irá en incremento, como se desprende de los más de 2.500 MW, de
distintas nuevas fuentes de ERNC que han ingresado al sistema de evaluación ambiental.
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos y de los avances alcanzados, la distancia que aún tenemos en materia de desarrollo económico
y de consumo energético respecto de los países más ricos significará que nuestro crecimiento económico derivará, inexorablemente
en aumentos significativos de nuestras emisiones de gases efecto invernadero. De ello se desprende la necesidad de reforzar
las líneas de trabajo ya iniciadas y buscar apoyo financiero y técnico internacional para ir aún más allá y definir nuevas
líneas de acción que nos permitan moderar el crecimiento de nuestras emisiones.
Diversos estudios muestran que el desarrollo de las energías renovables no convencionales y la eficiencia energética, por
sí solas, no son suficientes para evitar el fuerte incremento de nuestras emisiones. Aun incluyendo metas ambiciosas pero
realistas en ambas líneas, las proyecciones indican que si bien dichos esfuerzos son imprescindibles, no son suficientes.
Es preciso evaluar otras opciones, como la nuclear, y no desechar por razones ideológicas la posibilidad de construir nuevas
centrales hidroeléctricas, ya que ambas tecnologías pueden colaborar a disminuir la emisión de los gases efecto invernadero.
Si Chile desecha la opción nuclear sin haber realizado una adecuada evaluación y una discusión informada y desaprovecha recursos
naturales renovables como el agua, quedaremos supeditados a encarecer nuestra producción energética. Pero, lo que es peor
aún, pondremos en riesgo nuestra competitividad, afectando el crecimiento de nuestras exportaciones y del país como un todo.
Chile no puede ir contra la tendencia mundial de regular las emisiones de CO2. Debemos apuntar a profundizar lo que ya hemos
avanzado y seguir el ejemplo que nos proponen países como Francia, que ha logrado limpiar su matriz energética, o como Dinamarca,
nación anfitriona de esta cumbre, que ha dado un elevado protagonismo al uso eficiente de la energía.
Llegó la hora de que Chile enfrente el cambio climático a través del establecimiento de fórmulas razonables para un país en
desarrollo como el nuestro, en donde la eficiencia energética, el impulso de todas las energías renovables y la incorporación
de nuevas fuentes de energía sean vistos como una política de Estado y no como la solución a una coyuntura. Chile ya ha iniciado
este camino. Ahora sólo queda consolidarlo.
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